Érase una vez un anciano muy rico, que sintiendo la cercanía de su muerte mandó llamar a sus hijos y dividió sus propiedades entregándoselas a ellos. El caso es que este anciano no murió hasta unos cuantos años después, siendo algunos de esos años bastante miserables para él.
Además del cansancio por la avanzada edad, este anciano tuvo que aguantar el abuso y la crueldad de sus hijos. ¡Desdichados, e ingratos egoístas!
Anteriormente sus hijos competían e intentaban agradar de cualquier manera a su padre, esperando, claro está, recibir dinero de él. Pero ya recibieron su herencia, y no les preocupaba ni lo más mínimo si su padre les dejaba o no, e incluso preferían que cuanto antes les abandonara mejor, ya que el anciano les daba problemas caros e innecesarios. Ellos hacían saber todo esto a su padre, dándoles igual como se sentía él.