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Vivía en el Deján un príncipe llamado Dharma, jefe de distrito, que encabezaba a los hombres de bien; por desgracia tenía demasiados parientes. Su mujer, que se llamaba Candravati y que era oriunda del Malaya, era el adorno de las mujeres más hermosas y procedía de una gran familia. De aquella unión nació una hija a la que llamaron Lavanyavati, nombre que le cuadraba muy bien.
Obedeciendo la orden del rey, la reina Candravati se internó en el bosque, llena de ansiedad, con su hija Lavanyavati; el rey, armado con una espada y una coraza, hizo frente como un héroe a los asaltantes. Dio muerte a muchos de aquellos shabaras que le enviaban lluvias de flechas. Pero el jefe de los bandidos, recurriendo a todos los hombres de la aldea, se precipitó sobre el rey que luchaba solo; entre todos le perforaron la coraza y le dieron muerte. La cuadrilla de salvajes se apoderó de los ornamentos reales y desapareció. La reina Candravati, oculta detrás de un arbusto, había visto cómo daban muerte a su marido. Desesperada por la aflicción emprendió la fuga con su hija y llegó a otra profunda selva, que se extendía a buena distancia de aquel lugar A mediodía, la sombra se retraía, como los mismos viajeros, hacia el pie de los árboles, donde se sentía mayor frescura, como si el ardor del sol le hiciera daño. La reina y su hija se sentaron bajo un árbol ashoka que crecía a orillas de una laguna de lotos. Agotada y enferma de pena, la reina no cesaba de llorar. En aquel momento un varón importante de los alrededores pasaba, montado a caballo en compañía de su hijo con el fin de entregarse a la caza en aquel bosque. Se llamaba el caballero Candasimha y su hijo llevaba el nombre de Simhaparakrama. Al ver las dos hileras de huellas impresas en la arena, el caballero dijo a su hijo: -Sigamos estos pasos tan bien dibujados, que parecen de buen augurio. Si encontrarnos a las dos mujeres a los que pertenecen, tomarás a la que más te guste. El joven Simhaparakrama dijo entonces: -La que me gustará por mujer es la que tiene los pies pequeños; con seguridad es joven, y a mi juicio es la que me conviene. La que tiene los pies grandes debe de ser de mayor edad y será apropiada para ti. Al oír estas palabras, Candasimha exclamó: -¿Qué estás diciendo? No hace mucho que tu madre se ha ido al cielo. Habiendo perdido a tan buena esposa, ¿podría desear otra? -No digas eso -replicó el hijo-. La casa del jefe de una familia está vacía cuando en ella no hay una mujer. ¿No conoces esta estrofa de Muladeva?
-¿Por qué se turban? Hemos llegado hasta aquí por inclinación hacia ustedes. Tengan confianza y dígannos sin temor quiénes son. Se parecen a la Voluptuosidad y a la Alegría como si se hubieran refugiado en esta selva para llorar al dios Amor, quemado por el fuego que lanzaba el ojo de Shiva. ¿Cómo han llegado a esta selva desierta? Sus personas son dignas de morar en un palacio guarnecido de piedras preciosas. ¿Cómo han podido hollar este suelo lleno de espinas sus pies que merecen ser cuidados por hermosas criadas? Esto nos desconcierta. ¡Oh maravilla! Este polvo que, levantado por el viento, ha venido a dar en el rostro de ustedes arrebata su brillo al nuestro. Y este intenso calor del astro de resplandor violento, esos rayos que juguetean sobre sus delicados cuerpos... ¡a nosotros mismos nos consume! Dígannos, pues, lo que les ha ocurrido. Tenemos el corazón afligido. No podríamos dejarlas permanecer en esta selva llena de animales feroces.
De manera que, a causa del error en que incurrieron tocante a los pies, el padre se casó con la hija y el hijo se casó con la madre, de suerte que la madre vino a ser la nuera de su hija y la hija vino a ser la suegra de su madre. Con el tiempo, las dos mujeres tuvieron con sus dos maridos hijos e hijas, los cuales a su vez engendraron otros hijos. Y así vivieron largo tiempo Candasimha y Simhaparakrama, con sus esposas Lavanyavati y Candravati.
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