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Un día el sol, la luna, y el viento del oeste salieron a cenar con sus tíos el trueno y el relámpago. Su madre (una de las estrellas más lejanas que se pueden ver en el cielo) esperó sola a que sus hijos volvieran. Tanto el sol como el viento eran avariciosos y egoístas. Ellos disfrutaban de la fiesta a la que habían ido, y no pensaban en ningún momento en guardar algo para su madre, que les estaba esperando - pero la amable luna no se olvidó de ella. De cada plato de comida exquisita que aparecía, ella guardaba una pequeña porción debajo de sus hermosas uñas.
Después se acercó al viento y le dijo, "tu también te olvidaste de tu madre en medio de tu egoísmo - escucha que te ocurrirá por hacer esa tontería. En épocas calurosas siempre soplarás en el viento caliente y seco, y marchitarás todo aquello viviente que toques. Y los hombres te detestarán y te evitarán desde este preciso momento." Pero dijo a la Luna, "Hija, ya que tu te acordaste de tu madre, y guardaste y compartiste con ella la alegría y el disfrute de la fiesta, de ahora en adelante serás siempre agradable, calmada y brillante. Tus rayos no irán acompañados de luz nociva. Y los hombres siempre te bendecirán."
Era sumamente apacible, pacía y balaba, ignorando por completo su verdadera naturaleza. Así transcurrieron algunos años. Un día llegó un tigre hasta el rebaño y lo atacó. Se quedó estupefacto cuando comprobó que entre las ovejas había un tigre que se comportaba como una oveja más. No pudo por menos que decirle: -Oye, ¿por qué te comportas como una oveja, si tú eres un tigre? Pero el tigre-oveja baló asustado. Entonces el tigre lo condujo ante un lago y le mostró su propia imagen. Pero el tigre-oveja seguía creyéndose una oveja, hasta tal punto que cuando el tigre recién llegado le dio un trozo de carne ni siquiera quiso probarla.
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